Impresiones
I
A menudo me siento a contemplar el mar, con los ojos o desde el corazón -cuando lo tengo tan lejos que no me alcanza la vista para atravesar las montañas.
Lo observo con un intenso embelesamiento, meciéndome en pequeñas crestas, en el rostro reflejado el espejo de las gotas tiernas, en el alma guardadas para alimentar cada ocasión abierta.
Me gusta escuchar las olas penetrar en los oídos, desde la brisa o desde el recuerdo; descubrir cómo el sonido se convierte en sal al secarse la humedad.
Dejo que mi cabeza se balancee libre,
alrededor del cuello,
sin dirección;
con cada inspiración,
al compás del viento.
Y aparto las sensaciones que interfieren con las corrientes de agua,
creando un vacío sencillo de rellenar con burbujas de aire.
El mar se siente ausente,
la tierra sin raíces.
Adoración de creencias muertas
se hunden bajo las olas,
'pelillos' a la mar...
II
Me pregunto qué tiene el mar para un cuerpo de secano y espigas, de árboles solitarios y casas abandonadas; qué tiene para llamar así, con un 'tam-tam' hipnótico e irresistible, acaparando sentidos, robando la voluntad; qué tiene para escocer en la piel si no se le deja ser huésped ocasional del cuerpo.
Y me sumerjo sin zapatos en el abrigo del fondo,
helado de temperatura,
caliente de emoción,
oscuro de luz
y transparente de vida.
El mar se siente;
ausente,
la tierra nunca
dejará
de palpitar.
Quisiera creer que siento, esconder el sentimiento debajo de un colchón, dejar al descubierto la indolencia rebozada de ironía y sinrazón. No dudaría en descomponer el aire, que me llena los pulmones de oxígeno, en pedazos de melancolía tan pequeños que solo fueran visibles al ojo de un ratón con lentes de aumento.
Pero aquí, al abrigo del frío, en la zona antigua del parque, en el paseo de La Chopera, adosado como un viejo jugador que no quiere coger polvo en el banquillo, no hace viento y el Sol calienta mejor. Se introduce por los poros la textura de los árboles, que tienen corteza nueva y corteza desprendida, con tiempo suficiente para haber mudado la piel.
Árboles maduros de ramas imponentes y raíces fuertes. Mis ojos brillan más con el reflejo de sus hojas verdes en invierno, mi piel se esponja, mi boca se llena de luz. Admiro humildemente su mirada desde lo alto y me dejo envolver por la sensación de vida lenta, sosegada y calmada de seres vivos pero inmóviles, solo mecidos por el aire jugando con sus hojas caducas.
Aunque quiera creer que siento con sangre nueva, el alma es una, y no viene y va, y el nuevo parque se me antoja descafeinado. Ay, Río, algún día serás parque real, y yo regresaré para recoger el fruto de mis sentimientos.
Mi vida está hoy pegada al parque del río Manzanares como antes lo estuvo al parque de El Retiro, compañero de pasos y de soledades, cobijo oscuro y protector y cielo abierto sobre los ojos cerrados.
El parque del Manzanares es joven y valiente, con árboles tiernos y delgados. Se conservan, ahora como infiltrados, los pocos que ya estaban allí cuando había coches en lugar de bicicletas y pájaros en lugar de paseantes. Es un parque semi desnudo, como solo se atreven a enseñar las carnes los cuerpos pobres en edad y en cicatrices.
Mi nuevo parque no tiene escondrijos, no huele a hojas, sino a césped, no despide silencio en ningún rincón; mi nuevo parque me gana por su río tan delgado como sus árboles, por la transparencia de sus caminos abiertos a la ciudad; mi nuevo parque es extravertido y se exhibe sin decoro para que lo miren por dentro, como una sandía abierta por la mitad con sus pepitas expuestas.
Hoy mi Retiro se queda tan lejos, tan añorado, tan inaccesible con esas calles repletas de semáforos de por medio...
En todos los bosques quedan árboles muertos, en todos los parques, en todos los lugares donde se ha dejado posar el corazón.

